Después de fondear http://carlosjuliabraun.espacioblog.com No tenía nada que hacer entre singladura y singladura y decidí aburrirme de otra forma es-es Economía http://s3.amazonaws.com/lcp/carlosjuliabraun/myfiles/compas0565x65.jpg Después de fondear http://carlosjuliabraun.espacioblog.com the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com Sigo en Simi http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/28/sigo-simi 2006-01-28T19:04:25+00:00 Cualquiera navega con este temporal. ¡Qué frío hace en Grecia!

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Más recuerdos familiares en Simi http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/25/mas-recuerdos-familiares-simi 2006-01-25T19:37:36+00:00 De mi tatarabuelo Carlos Perelló Pujol queda en mi familia el recuerdo de su noche de bodas, que los hombres de la casa contaban en voz baja a los hijos varones con risa contenida.
En la agitación inmediatamente previa al orgasmo, don Carlos hinchó los pulmones hasta el límite necesario para levitar; su cónyuge, la honesta pero apasionada Margarita Casanova Fuster, natural de El Masnou, que a la sazón lo cabalgaba con no poco denuedo, se vio algo más que sorprendida por tan singular culminación. Al perder el contacto con el lecho nupcial, doña Margarita no pudo evitar resbalar por el costado de don Carlos, que exhalaba un suspiro y derramaba sus más íntimas esencias al mismo tiempo que doña Margarita se aferraba a su cuello y lo volteaba en el aire para quedar ella en posición de decúbito supino -él prono- y, habiendo don Carlos agotado el clímax aéreo y expirado el aire sobrante de sus pulmones, aterrizar suavemente sobre la cama en posición inversa a aquélla con la que habían emprendido el fugaz vuelo. Don Carlos, que no era del todo inexperto en estas batallas, al recuperar el resuello se percató de la inusual humedad que chorreaba de las entrepiernas, todavía trabadas:
-¿Tanto te has corrido, mi amor?
-Me he meado -confesó la honesta doña Margarita, y se levantó, avergonzada, a buscar una palangana.
Desde entonces, doña Margarita se negó a cohabitar con su marido salvo que éste se dejase amarrar pies y manos a las patas del dosel; lo cual con el tiempo abriría al matrimonio las puertas de placeres impensados. Pero este capítulo lo conservaremos archivado en la memoria familiar.
El aire de Simi es especial. Pero lo que siempre me invita a pasear por el puerto son los colores: el azul y el blanco, especialmente, y en primavera las parras florecidas. En una noche invernal, sin embargo, me conformo con una conversación con el viejo Petronas Satzekakis, el viejo calafate de Simi.

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Carlos Perelló Pujol, el levitador http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/23/carlos-perello-pujol-levitador 2006-01-23T01:38:58+00:00 Me llamo Carlos como mi abuelo paterno, Carlos Juliá Perelló, que murió en Palma cuando yo tenía diez años a la edad de sesenta y nueve. Él a su vez se llamaba Carlos como su abuelo materno, Carlos Perelló Pujol, que vivió entre 1841 y 1888 y fue un personaje célebre en la Tarragona de su tiempo. Entre otras hablidades, tenía desde chiquillo la de elevarse en el aire con sólo hinchar los pulmones. Sólo una vez lo hizo en público; el susto que le dieron los padres capuchinos cuando lo sorprendieron en el patio del colegio ganándole una apuesta a sus compañeros de clase fue mayúsculo; recordemos que, cuando era niño, la Inquisición había sido suprimida hacía verdaderamente muy poco tiempo y permanecía presente en los terrores nocturnos de muchos españoles. Pero la utilidad de esta habilidad la contaré en otro momento; ahora es el de dormir. La mar estaba hoy picada, la singladura ha sido dura y no me quedan fuerzas para más: ni siquiera me he dado una vuelta por el puerto. Mañana bajaré a tierra: Simi es un lugar que siempre me ha fascinado. Atrás quedan Castelórizo y su cueva mágica.

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Los muslos y el viento http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/19/los-muslos-y-viento 2006-01-19T19:25:55+00:00 Esta mañana no me acerqué a la Cueva. Andaba enredado en pesadillas en las que a Yannina le salía cola de pez y nadaba lejos, sin dejarse alcanzar jamás.
Al mediodía, la resaca de este licor dulzón que tanto gusta a los griegos me permitió por fin levantarme del catre, desembarcar y dar una vuelta por el pueblo.
En el café donde solemos encontrarnos, que está, como todo lo demás en Castelórizo, frente al puerto, Jean-François me cuenta una pequeña historia que ha escuchado acerca de una veleta. Se trata de la que adorna el tejado de una de las viviendas más alejadas del mar, ladera arriba. Una veleta que nada tiene que ver con lo habitual por aquí; una veleta cuya figura es la silueta de una mujer desnuda de cuatro o cinco palmos de altura. Me cuenta Jean-François que ha encontrado en el porche al dueño de la casa, un viejo marinero de bigotes enroscados, y le ha preguntado por tan singular artefacto. El anciano le ha asegurado que se la compró a un artista que pasó aquí el verano de 2000. El escultor se había acercado a Rodas a forjarla conforme a una idea que había concebido en Castelórizo, después de presenciar el baño de una joven en la Cueva Azul, y luego había vuelto para venderla en la isla y que permaneciera aquí para siempre, a la vista de todos.
-¿Qué dirías que destaca de esa veleta? -le pregunto.
-Sin duda, los muslos. Algo me dice que al artista le gustan los muslos femeninos.
Le invité a otra copa de coñac. Yo seguí con el agua mineral con gas.
-La mujer se llamaba Yannina y era una diosa del mar -me aclara el francés, guiñándome un ojo cómplice.- Me lo ha dicho el marinero. A él se lo dijo el artista, que parece ser la conoció muy de cerca.
-¿Sí?
Apuro el agua con gas. Espero a que Jean-François termine su vaso y nos despedimos, posiblemente para siempre: es mi intención levar anclas definitivamente mañana.
-¿Sabes una cosa?-, le digo mientras me estrecha la mano.- Yo estuve aquí todo el verano del 2000 y nunca conocí a ese artista.
Jean-François me observa fijamente, sin saber muy bien a dónde quiero llegar a parar.
-Yannina era mi novia -concluyo.
-No debes beber más agua mineral-, ríe, un poco confuso. -Hasta la vista, amigo.
-Hasta la vista.

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Últimas noches en Castelórizo http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/19/ultimas-noches-castelorizo 2006-01-19T12:40:33+00:00 Anoche cené en una terracita frente al puerto. Hacía un frío que pelaba, pero le pedí por favor al jefe que sacase una mesa y una silla, y rememoré cierta cena con Yannina, hace algún verano. Mientras me demoraba saboreando el pescado, alguna barca regresaba de la faena. El turista francés recorría una y otra vez la longitud del pequeño muelle. Se llama Jean-François, y ayer por la mañana lo invité a presenciar el amanecer desde el interior de la Cueva Azul. Me aseguró que me estará agradecido el resto de sus días. Anoche lo invité también a sentarse a la mesa, pero tenía otros planes. Hice la digestión con un vasito de ouzo y, cuando el relente ya se me hizo insoportable, me refugié en la barriga de mi barquito.
Unas cuantas mantas y el resto de la botella de ouzo consiguieron que entrara en calor, que llorase un poco y que, finalmente, me quedase dormido, mecido por la escasísima ondulación del agua en esta hermosa y triste ensenada de Castelórizo.

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The Blue Cave (y II) http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/15/the-blue-cave-y-ii- 2006-01-15T19:39:22+00:00 Y en mi recuerdo de la Cueva Azul, ningún ardor de los sentidos permanece tan poderoso como el que abonaba en mí el contacto de los muslos de Yannina en mis costados, bajo el agua helada.

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The Blue Cave (I) http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/15/the-blue-cave 2006-01-15T19:10:31+00:00 En verano, la Cueva Azul es un pequeño paraíso natural habitado por miríadas de esos parásitos que conocemos como turistas. En invierno, raro es encontrar una barca en su interior. Se encuentra bordeando la costa de Castelórizo: si se ha navegado desde Rodas a lo largo de la costa de Anatolia, se deja a estribor la bocana del puerto de la minúscula capital de la isla y se costea un trecho hasta encontrar la entrada de la cueva. Sólo con la mar en calma es accesible, y sólo a nado o en una barca muy baja, por ejemplo una zodiac. Lo que desde el exterior es una hosca hendidura sobre la costa rocosa y escarpada, poco visible y poco prometedora, una vez en el interior se convierte en abrumador espectáculo de luz turquesa: la luz del amanecer penetra a través de la parte sumergida de la boca de la cueva, mucho más amplia que la parte que emerge, y, filtrada por el agua del Mediterráneo, inunda sus recovecos con brillo inverosímil. Las estalactitas gotean sobre el nadador, que sin algún entrenamiento resistirá poco tiempo en aquellas aguas gélidas; pero el espectáculo vale la pena. Con suerte, focas y tortugas marinas amenizarán el baño. Afortunadamente, no hay fotografía que no desmerezca la realidad.
Mañana temprano me bañaré en de la Cueva Azul, tres años después de la última vez. Yannina no estará.

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Alguien dijo libertad http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/14/alguien-dijo-libertad 2006-01-14T19:56:44+00:00 Pues no. Libertad es elegir lo que uno quiere hacer en cada momento. Yo no puedo, nunca he podido elegir: fuera del mar no sobreviviría. Muchas penurias me cuesta vivir esta extraña modalidad de nomadeo; entre otras, la económica, la familiar, la sentimental...
Pero los recuerdos no me los quita nadie. Ni la brisa.
Ni los muslos de Yannina.

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Me lo he hecho instalar http://carlosjuliabraun.espacioblog.com/post/2006/01/14/me-he-hecho-instalar 2006-01-14T19:31:10+00:00 Hoy me he hecho instalar la conexión vía satélite y ya puedo conectarme a Internet desde el barco. Ahora me encuentro anclado frente a la costa de Turquía, en algún punto entre Rodas y Castelórizo, donde recalaré mañana. No puedo quejarme del tiempo ni de las circunstancias. Es un buen momento para empezar una bitácora. Me dispongo a dormir.

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