The Blue Cave (I)
En verano, la Cueva Azul es un pequeño paraíso natural habitado por miríadas de esos parásitos que conocemos como turistas. En invierno, raro es encontrar una barca en su interior. Se encuentra bordeando la costa de Castelórizo: si se ha navegado desde Rodas a lo largo de la costa de Anatolia, se deja a estribor la bocana del puerto de la minúscula capital de la isla y se costea un trecho hasta encontrar la entrada de la cueva. Sólo con la mar en calma es accesible, y sólo a nado o en una barca muy baja, por ejemplo una zodiac. Lo que desde el exterior es una hosca hendidura sobre la costa rocosa y escarpada, poco visible y poco prometedora, una vez en el interior se convierte en abrumador espectáculo de luz turquesa: la luz del amanecer penetra a través de la parte sumergida de la boca de la cueva, mucho más amplia que la parte que emerge, y, filtrada por el agua del Mediterráneo, inunda sus recovecos con brillo inverosímil. Las estalactitas gotean sobre el nadador, que sin algún entrenamiento resistirá poco tiempo en aquellas aguas gélidas; pero el espectáculo vale la pena. Con suerte, focas y tortugas marinas amenizarán el baño. Afortunadamente, no hay fotografía que no desmerezca la realidad.
Mañana temprano me bañaré en de la Cueva Azul, tres años después de la última vez. Yannina no estará.
