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La Coctelera

Después de fondear

No tenía nada que hacer entre singladura y singladura y decidí aburrirme de otra forma

19 Enero 2006

Los muslos y el viento

Esta mañana no me acerqué a la Cueva. Andaba enredado en pesadillas en las que a Yannina le salía cola de pez y nadaba lejos, sin dejarse alcanzar jamás.
Al mediodía, la resaca de este licor dulzón que tanto gusta a los griegos me permitió por fin levantarme del catre, desembarcar y dar una vuelta por el pueblo.
En el café donde solemos encontrarnos, que está, como todo lo demás en Castelórizo, frente al puerto, Jean-François me cuenta una pequeña historia que ha escuchado acerca de una veleta. Se trata de la que adorna el tejado de una de las viviendas más alejadas del mar, ladera arriba. Una veleta que nada tiene que ver con lo habitual por aquí; una veleta cuya figura es la silueta de una mujer desnuda de cuatro o cinco palmos de altura. Me cuenta Jean-François que ha encontrado en el porche al dueño de la casa, un viejo marinero de bigotes enroscados, y le ha preguntado por tan singular artefacto. El anciano le ha asegurado que se la compró a un artista que pasó aquí el verano de 2000. El escultor se había acercado a Rodas a forjarla conforme a una idea que había concebido en Castelórizo, después de presenciar el baño de una joven en la Cueva Azul, y luego había vuelto para venderla en la isla y que permaneciera aquí para siempre, a la vista de todos.
-¿Qué dirías que destaca de esa veleta? -le pregunto.
-Sin duda, los muslos. Algo me dice que al artista le gustan los muslos femeninos.
Le invité a otra copa de coñac. Yo seguí con el agua mineral con gas.
-La mujer se llamaba Yannina y era una diosa del mar -me aclara el francés, guiñándome un ojo cómplice.- Me lo ha dicho el marinero. A él se lo dijo el artista, que parece ser la conoció muy de cerca.
-¿Sí?
Apuro el agua con gas. Espero a que Jean-François termine su vaso y nos despedimos, posiblemente para siempre: es mi intención levar anclas definitivamente mañana.
-¿Sabes una cosa?-, le digo mientras me estrecha la mano.- Yo estuve aquí todo el verano del 2000 y nunca conocí a ese artista.
Jean-François me observa fijamente, sin saber muy bien a dónde quiero llegar a parar.
-Yannina era mi novia -concluyo.
-No debes beber más agua mineral-, ríe, un poco confuso. -Hasta la vista, amigo.
-Hasta la vista.

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Sobre mí

No me gusta alardear, pero soy una auténtica ruina: calafate, poeta satírico, ministro de una iglesia evangélica... No se puede decir que mi madre esté orgullosa. Me crié entre Barcelona y Mallorca, y ahora vivo en Rodas, donde me ayuda a sobrevivir una galería de arte minúscula y llena de goteras. También trabajo en el puerto, pero la mayor parte del tiempo navego en una especie de barco que cualquier día me dará un disgusto, y a los peces una gran alegría. El Mediterráneo y la lengua española son mis dos patrias.

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