Últimas noches en Castelórizo
Anoche cené en una terracita frente al puerto. Hacía un frío que pelaba, pero le pedí por favor al jefe que sacase una mesa y una silla, y rememoré cierta cena con Yannina, hace algún verano. Mientras me demoraba saboreando el pescado, alguna barca regresaba de la faena. El turista francés recorría una y otra vez la longitud del pequeño muelle. Se llama Jean-François, y ayer por la mañana lo invité a presenciar el amanecer desde el interior de la Cueva Azul. Me aseguró que me estará agradecido el resto de sus días. Anoche lo invité también a sentarse a la mesa, pero tenía otros planes. Hice la digestión con un vasito de ouzo y, cuando el relente ya se me hizo insoportable, me refugié en la barriga de mi barquito.
Unas cuantas mantas y el resto de la botella de ouzo consiguieron que entrara en calor, que llorase un poco y que, finalmente, me quedase dormido, mecido por la escasísima ondulación del agua en esta hermosa y triste ensenada de Castelórizo.
