Más recuerdos familiares en Simi
De mi tatarabuelo Carlos Perelló Pujol queda en mi familia el recuerdo de su noche de bodas, que los hombres de la casa contaban en voz baja a los hijos varones con risa contenida.
En la agitación inmediatamente previa al orgasmo, don Carlos hinchó los pulmones hasta el límite necesario para levitar; su cónyuge, la honesta pero apasionada Margarita Casanova Fuster, natural de El Masnou, que a la sazón lo cabalgaba con no poco denuedo, se vio algo más que sorprendida por tan singular culminación. Al perder el contacto con el lecho nupcial, doña Margarita no pudo evitar resbalar por el costado de don Carlos, que exhalaba un suspiro y derramaba sus más íntimas esencias al mismo tiempo que doña Margarita se aferraba a su cuello y lo volteaba en el aire para quedar ella en posición de decúbito supino -él prono- y, habiendo don Carlos agotado el clímax aéreo y expirado el aire sobrante de sus pulmones, aterrizar suavemente sobre la cama en posición inversa a aquélla con la que habían emprendido el fugaz vuelo. Don Carlos, que no era del todo inexperto en estas batallas, al recuperar el resuello se percató de la inusual humedad que chorreaba de las entrepiernas, todavía trabadas:
-¿Tanto te has corrido, mi amor?
-Me he meado -confesó la honesta doña Margarita, y se levantó, avergonzada, a buscar una palangana.
Desde entonces, doña Margarita se negó a cohabitar con su marido salvo que éste se dejase amarrar pies y manos a las patas del dosel; lo cual con el tiempo abriría al matrimonio las puertas de placeres impensados. Pero este capítulo lo conservaremos archivado en la memoria familiar.
El aire de Simi es especial. Pero lo que siempre me invita a pasear por el puerto son los colores: el azul y el blanco, especialmente, y en primavera las parras florecidas. En una noche invernal, sin embargo, me conformo con una conversación con el viejo Petronas Satzekakis, el viejo calafate de Simi.
